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Jueves, 03 de agosto de 2006

La miseria humana

Ver cómo todos le huyen a un indigente herido, es un espectáculo que desgarra el alma y que llena de rabia.

Si no lo hubiera visto con mis propios ojos, no lo habría creído. Anoche, frente al balcón del apartamento en donde vivo, el esposo de mi hermana oyó a un hombre desesperado que gritaba: "¡Ay, mi pie! ¡Mi pie!". Los gritos provenían de un lugar situado a unos 40 metros de mi casa. En línea visual directa, hay un cruce, en donde cada cierto tiempo ocurren accidentes. Mi cuñado de inmediato salió al balcón, para ver qué había sucedido. Vio a una mujer que detuvo su automóvil, se bajó y corrió hasta donde un indigente se revolcaba del dolor, sobre el piso; con el auto le había pisado un pie.
Acto seguido, un hombre que venía en sentido contrario, detuvo su automóvil, se bajó también y le dijo a la señora: "Váyase, señora, váyase, no se meta en problemas. Ese desgraciado se le tiró a su carro, yo ví". Luego se dirigió al indigente y le gritó: "¡Vos te le tiraste al carro, desgraciado!, ¡voy a llamar a la policía para que te metan a la cárcel!".
La señora y el señor se subieron a sus respectivos vehículos y se fueron, cada uno por su lado.
Luego llegó una moto con dos policías. Mi cuñado, Alejandro, no oyó el diálogo, pero vio cuando, luego de intercambiar algunas frases, los policías se fueron y lo dejaron ahí, tirado.
Alejandro salió de inmediato y se dirigió al lugar donde yacía el pobre hombre, que lucía flaco y sucio, cuidando con celo un talego a medio llenar, que tenía a su lado.
Entonces mi hermana me dijo: "hubo un accidente". Yo corrí al sitio. Allí estaban: mi cuñado, el indigente y dos guardias del tránsito. El hombre se había sentado en la acera, se había quitado el tenis del pie derecho y la media. Claramente se le veía que estaba fracturado. Se mecía del dolor y con las manos se cogía el pie, congestionado y rojo, de donde bajo la piel se asomaba la arista de un hueso.
Fui testigo de cuando los dos guardias de tránsito llamaban por radio, con insistencia, pidiendo una ambulancia y les decían que todas estaban ocupadas. Los guardias, ofuscados, movían su cabeza con asombro y le insistían al hombre que estaba al otro ladio del radio, que buscara una en cualquier lado, en la cruz roja o en la defensa civil. El hombre decía que no había ninguna.
Uno de los guardias dijo: "no hay derecho a que no haya una ambulancia, porque es un indigente".
El indigente, seguía quejándose del dolor. En ese instante paró un taxi. Yo me le aproximé y le pregunté a su conductor que si quería llevarlo a un centro asistencial y él dijo que sí, pero que si alguien lo acompañaba. Los guardias de tránsito le dijeron que ellos lo escoltaban. El hombre se paró, se acostó en la silla de atrás del vehículo y todos salieron juntos.
Nosotros nos quedamos con el corazón partido y llenos de rabia, al ver hasta dónde puede llegar la miseria humana, al comprobar cómo los más pobres y desvalidos no solo no tienen derecho a una atención médica de urgencia, sino hasta qué punto ya la indiferencia se transformó en el ensañamiento contra los más marginados.
La señora que le pisó el pie, tal vez perdió la paz para siempre, por el remordimiento de haberse ido, dejando al hombre abandonado.

Por: Marta Restrepo | Reflexiones | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

Y que decir de los politiqueros, como los de mi país que se roban los recursos de la salud, educación, vivienda, etc de tanta gente que necesita.

GERMAN | 14-10-2009 00:30:37

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El blog de Marta Restrepo. Este es un espacio donde expresan su punto de vista todas las martas que me habitan: la racional, la emocional y todas sus subdivisiones.

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