Domingo, 06 de agosto de 2006
Medellín está de fiesta y la gente se tomó el espacio público.
Medellín está en plena fiesta de las flores y, aunque no me llaman la atención los desfiles de carros antiguos, le tengo temor a las aglomeraciones donde la nota predominante es el consumo de aguardiente, le tengo miedo a los índices de accidentalidad en una ciudad ebria, me escandaliza el multitudinario desfile de caballos con silicona en tetas y nalgas de las mujeres jinetes, en fin, aunque no sea la clienta precisa para este tipo de celebraciones, me alegra que la gente de mi ciudad pueda salir a las calles y tomarse el espacio público.
Ahora salí y me sorprendió ver que por todas partes había tablados, graderías, hombres y mujeres caminando en alegres grupos, ataviados con ponchos y sombreros. Esos símbolos del regionalismo, del "empuje paisa" y de la "raza" antioqueña, no me gustan; pero no importa si me gustan o no. Lo que sí es importante es que mi ciudad está vestida de celebración, y cuando la gente está de fiesta, aunque sea por por una noche o por unos pocos días, los ánimos cambian, se relajan las tensiones y se recupera la liviandad perdida en el trajín cotidiano.
En lo personal, me parece mucho más divertido mirar desde el balcón, ahorrarme el guayabo (o resaca), evitar la insolación y reflexionar acerca de lo que veo.
A unos les gustan unas cosas a otros les gustan otras. A mí me gustan mucho más otras cosas.
Por: Marta Restrepo | Reflexiones | Comentarios (0) | Referencias (0)